Historias de lactancia materna en “¡Llama a la comadrona!”

En este libro (en el que se basa una conocida serie de televisión), la comadrona Jennifer Worth nos narra historias sucedidas en los barrios más pobres del Londres de los años 50, vistas desde su experiencia.

Son historias tiernas, profundas y muchas veces desgarradoras; de nacimientos, familias, vidas y muerte. Nos acerca además a la atención al parto en aquella época en Inglaterra y a la figura de la matrona.

Nos gustaría destacar una de estas historias, la de Conchita Warren, una española casada con un inglés, que esperaba su vigésimo quinto hijo.

Jennifer y Conchita, en una visita durante el embarazo. Fotograma de la serie “¡Llama a la comadrona!”, emitida en Telecinco, basada en este libro. En la serie, Conchita es una mujer francesa.

Este nacimiento se presentaba peor que los anteriores, pues Conchita había sufrido un golpe y se había puesto de parto muy prematuramente, a las 28 semanas de gestación. Fue un parto difícil, por el estado en que se encontraba Conchita. Cuando por fin dio a luz, el centro de atención fue la madre, pero minutos después se dieron cuenta de que el feto, de poco más de medio kilo, estaba vivo y lo pusieron rápidamente sobre el pecho de la madre, que semiinconsciente decía: “Niño. Mi niño. ¿Dónde está mi niño?”.

Entonces llegó la brigada móvil del Hospital de Londres. Todos los médicos coincidieron en que un bebé de 28 semanas de gestación y de entre 500 g y 1 kg de peso apenas era viable y debía recibir tratamiento hospitalario con todos los equipos y avances tecnológicos disponibles, así como los cuidados de los mejores expertos del ámbito de la enfermería y la medicina durante 24 h al día. Le aseguraron al padre que sin estos cuidados moriría y este accedió, aunque a disgusto.

Cuenta Jennifer que era imposible saber si Conchita se encontraba dormida o semiinconsciente, tal era su estado. Pero cuando el pediatra se inclinó sobre Conchita para coger al bebé, los músculos de su brazo se tensaron y se aferró al recién nacido.

Ante cualquier insistencia, por toda respuesta, Conchita cerraba los dedos en torno al recién nacido respondiendo siempre: no”. Cuando por fin su mente pudo ponerse en marcha y expresarse con mayor claridad dijo: “No. Se quedará conmigo. No morirá”. Y repitió con más énfasis: “no morirá”.

Los médicos no sabían qué hacer, pues para separar a madre e hijo habrían tenido que arrancarle de los brazos de su madre, algo que Len, su marido, nunca habría consentido. Len les dijo: “En lo que se refiere a los niños, ella tiene la última palabra, siempre. Y ella no quiere que se lo lleven, ya lo han visto. Así que el bebé no se irá a ninguna parte. Se quedará aquí con nosotros, y si muere, le daremos cristiana sepultura. Pero no se irá de aquí sin el consentimiento de su madre”. Conchita dijo de nuevo: “no morirá”.

Conchita con su marido, Len. Fotograma de la serie emitida en Telecinco, basada en el libro “¡Llama a la comadrona!”.

La narración de Jennifer es tan clara, tan hermosa y directa, que queremos reproducir sus palabras:

“A partir de entonces, (Conchita) mejoró rápidamente. No hay duda de que la penicilina ayudó, pero por sí sola no hubiese bastado para explicar el espectacular cambio por el que, en unas pocas horas, Conchita pasó de ser una mujer al borde de la muerte que ni siquiera reconocía a su marido para convertirse en una madre serena y dueña de sí que sabía exactamente lo que hacía y por qué.

Tengo la teoría de que fue el bebé el que obró el milagro, y de que el punto de inflexión se produjo cuando ella creyó que se lo iban a arrebatar. En ese instante, su poderoso instinto maternal se impuso y le recordó que a ella le correspondía protegerlo y cuidarlo. No podía permitirse el lujo de estar enferma o ausente. La supervivencia de su hijo dependía de ella.

Si el bebé hubiese muerto al nacer, o se lo hubieran llevado al hospital, estoy convencida de que Conchita también habría muerto.”

“Conchita cogió el platito que había junto a la cama y empezó a exprimirse los pezones, sacando unas pocas gotas de calostro que iban derramándose en el plato. Luego cogió una pequeña cánula de cristal que una de sus hijas usaba para decorar pasteles. Sostuvo al pequeño en la mano izquierda y, tras haber introducido una gota de calostro en la cánula de cristal, se la acercó a los labios. Yo observaba la escena fascinada. (…) Conchita repitió la operación unas seis u ocho veces, y luego volvió a dejar al recién nacido entre sus pechos.”

Conchita hacía esto cada media hora. Quedó muy débil, pero el peligro había pasado. El bebé permanecía pegado a ella en todo momento. Al cabo de 3 semanas, Conchita empezó a levantarse y sabía exactamente qué hacer: “confeccionó una especie de faja que le envolvía los hombros y los pechos, ceñida por abajo pero holgada por arriba, en cuyo interior transportó al bebé durante cinco meses, acomodado en su seno, sin separarse de ella ni un momento.”

 

Jennifer cuenta que ella desconocía por completo esta forma de cuidar a un prematuro, y después tampoco oyó nada parecido. Por la  claridad con la que Conchita, el día del parto y en estado de salud lamentable, dijo: “no morirá”, Jennifer cree que quizá Conchita recordaría haber visto a alguna campesina o gitana llevando así a su bebé prematuro en el Sur de España.

Más tarde, Jennifer trabajó en el hospital y cuidó a bebés prematuros, similares al de Conchita, todos ellos en incubadoras, y ninguno murió. El personal sanitario se enorgullecía de las excelentes y modernas técnicas que permitían mantener con vida a aquellos bebés. Siendo el método de Conchita y el del hospital tan diferentes, Jennifer se pregunta si en realidad las tecnologías son tan necesarias y las madres deben ser sustituidas para el cuidado de los bebés prematuros:

El bebé de Conchita nunca estuvo solo. Disfrutaba del calor, el tacto suave y blando, el olor, la humedad de la piel de su madre. Oía el latido de su corazón y su voz. Tenía su leche y, por encima de todo, su amor.”

“Estoy segura de que su forma de alimentarlo -llevándole a los labios unas gotas de leche materna a intervalos frecuentes- era la adecuada. Lo hacía incluso durante la noche, según me contaron.”

“O bien este niño es un prodigio de la naturaleza, o bien ponemos demasiado énfasis en la tecnología y los procedimientos, pensé.”

“A los cuatro meses, el bebé pesaba casi 3 kg sonreía en respuesta a las carantoñas y volvía la cabeza. Alargaba su diminuta manita para coger un dedo. Parloteaba y se reía. Según me dijeron, apenas lloraba.”

Jennifer Worh (1935-2011), autora de “¡Llama a la comadrona!”.

Os recomendamos leer esta hermosa historia (y otras), en el libro “¡Llama a la comadrona!” (Jennifer Worth, 2002).

Aquí podéis ver algunos vídeos de este capítulo de la serie: ¡Llama a la comadrona! Tele Cinco

“Papel de la matrona en la lactancia materna durante el embarazo”, Mar Tárrega. Presentaciones de ponentes II. (XII Congreso FEDALMA, abril 2015. Alboraya, Valencia)

1 comentario en “Historias de lactancia materna en “¡Llama a la comadrona!”

  1. ¡Qué bonita historia! A mí fue la que más me gustó de toda la serie con diferencia.
    Gracias por compartirla.

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