La lactancia materna en “La tía Tula” (Miguel de Unamuno)

Ahora descansa. Cuando sea le das de mamar a este crío para que se calle. De todo lo demás no te preocupes.

“La tía Tula”, Miguel de Unamuno.

“La tía Tula” es una novela escrita por Miguel de Unamuno (1864-1936) en 1907 y publicada en 1921. Fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico El Mundo.

Fotograma de la película “La Tía Tula” (Miguel Picazo, 1964)

En esta entrada os ofrecemos una recopilación de las numerosas referencias a la lactancia materna que aparecen. Narra la vida de Gertrudis, la Tía Tula, y los sacrificios que realiza para satisfacer sus ansias de maternidad.

Según su autor, Miguel de Unamuno, es «la historia de una joven que, rechazando novios, se queda soltera para cuidar a unos sobrinos, hijos de una hermana que se le muere. Vive con el cuñado, a quien rechaza para marido, pues no quiere manchar con el débito conyugal el recinto en que respiran aire de castidad sus hijos. Satisfecho el instinto de maternidad, ¿para qué perder su virginidad? Es virgen madre».

[…]

Y Gertrudis, dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón.

-¿Y esa ama?

-Hasta mañana no podrá venir, señorita!

[…]

Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacía sino gemir, encerróse con él en un cuarto  sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón -era el derecho-, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y este gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.

-¡Un milagro, Virgen Santísima -gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas-; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie!

Y apretaba como una loca el niño a su seno.

Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir la puerta.

[…]

-Bueno, voy a ver qué hace el ama.

A la cual vigilaba sin descanso. No la dejaba dar el pecho al pequeñito delante del padre de este, y le regañaba por el poco recato y mucha desenvoltura con que se desabrochaba el seno.

-Si no hace falta que enseñes eso así: en el niño es en quien tienes que ver si tienes o no leche abundante.

[…]

Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y si ahora no lo comprenden, lo comprenderán mañana. Cada cosa de estas que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto. ¡Y basta!

[…]

Ramiro, viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo. Y fue Gertrudis, la que le obligó a casarse con aquella, quien se plantó en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo. “No hay leche como la de la madre” -repetía-, y al redargüir su cuñado: “Sí, pero es tan débil que corren peligro ella y el niño, y este se criará enclenque”, replicaba implacable la soberana del hogar: “¡Pretextos y habladurías! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre criar y la Naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te repito que la mejor leche es la de la madre, si no está envenada”.

[…]

Y ahora se encontraba esta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y eso le horrorizaba. Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera, pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición. “Si es soltera -se decía-, ¡malo! Hay que vigilarla para que no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar el ajeno.” Porque esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de sus propias entrañas para manterner mal, para dejarlos morir acaso de hambre, a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en las entrañas maternales. Y así es como se vio dese un principio en conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teninedo que cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle ella misma! Hasta que tuvo que acudir a la lactancia artificial.

[…]

Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fue un culto, un sacrificio, casi un sacramento. El biberón, ese artificio industrial, llegó a ser para Gertrudis el símbolo y el instrumento de un rito religioso. Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría su sacrificio ritual. Cuando ponía el pisgo de caucho en la boquita de la criatura, sentía que le palpitaba y se le encendía la propia mama. La pobre criatura posaba alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis que sostenía el frasco.

[…]

Fotograma de la película “La Tía Tula” (Miguel Picazo, 1964).

Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra este guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba aquella pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne, enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los ensueños que habían florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras, a solas las dos, poníale a la criaturita uno de sus pechos estériles, pero henchidos de sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una vaga y dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien.

[…]

Harto he hecho por infundirle valor, pero en no estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como perdida. ¡Claro, como criada con biberón!